Ana Belén Montes en una fiesta en 1990.
Ana Belén Montes en una fiesta en 1990.

CORTESÍA

En los seis meses después de los ataques del 11 de septiembre del 2001, unos 20 cubanos entraron a embajadas de Estados Unidos en distintas partes del mundo y ofrecieron información sobre amenazas terroristas. Finalmente, se decidió que todos eran agentes y colaboradores de la inteligencia cubana con información falsificada.

Un funcionario de la Casa Blanca se quejó amargamente en público en el 2002 de que los agentes de Fidel Castro habían conducido a la inteligencia de Estados Unidos a misiones inútiles que pudieron haber costado vidas, cuando Washington todavía estaba sacudido por el peor ataque terrorista en su historia.

Pero ahora dos ex funcionarios estadounidenses relacionados con asuntos cubanos le han dicho a El Nuevo Herald que esos agentes eran sólo parte de un programa de la inteligencia cubana que todos los años envía agentes a las embajadas de Estados Unidos para confundir, desinformar e identificar espías estadounidenses, y tal vez penetrar la inteligencia del país.

“Muchos de aquellos agentes cubanos posteriormente fueron identificados como conocidos o presuntos [agentes cubanos]. El problema era que la inteligencia de Estados Unidos carecía en tal grado de información sobre Cuba y teníamos tan pocos expertos sobre Cuba que los agentes que estaban usando representaban un bajo riesgo y buenos dividendos para Cuba”, dijo un ex funcionario de la inteligencia estadounidense.

“Los cubanos usaban ese tipo de agente para poner a prueba la capacidad y las reacciones de Estados Unidos. . . pero eso no siguió ocurriendo con la misma frecuencia después de lo del 9/11”, añadió un alto funcionario de la administración del presidente George W. Bush.

Ambos ex funcionarios pidieron que no se les identificara ya que no están autorizados a discutir el tema.

En un año promedio, según ellos, Cuba envía una docena de agentes que se presentan en las embajadas estadounidenses diciendo que tienen información importante y quieren hablar con funcionarios que puedan entender el valor de sus revelaciones. Pero los dos expertos añaden que el número de agentes puede llegar a 20, o incluso 25, en épocas de mucha importancia.

El 2001 fue por cierto importante. El 11 de septiembre Al Qaida atacó a Estados Unidos. Diez días después, las autoridades arrestaron a la principal analista cubana del Pentágono, Ana Belén Montes, bajo cargos de haber espiado para La Habana.

En los siguientes seis meses, entre 15 y 20 cubanos entraron a misiones diplomáticas y ofrecieron información de fuerte contenido referente al peligro de actos terroristas, dijo uno de los expertos en Cuba. “Todos los individuos que se presentaron en las embajadas con información de ese tipo fueron desacreditados finalmente” añadió.

La mayoría de los casos se dio en embajadas de Estados Unidos en América Latina, Europa y Asia, dijo el ex funcionario del gobierno de Bush.

Las secciones de contrainteligencia del FBI y la CIA sospecharon que muchos de los enviados lo hicieron con el propósito de penetrar los servicios estadounidenses con la esperanza de conocer exactamente cómo habían descubierto a Montes, hasta hoy uno de los secretos más cuidadosamente guardados del caso, dijo uno de los expertos.

“Los servicios de inteligencia de Cuba habían recibido varias sacudidas, Montes en el 2001, los cinco espías de Miami un par de años antes, y creemos que estaban desesperados por enterarse de cómo los habían descubierto”, añadió.

Pero la mayor parte de los agentes aparentemente fueron parte de una campaña más amplia: establecer contacto con agentes de inteligencia estadounidenses, identificarlos, mantenerlos ocupados y pasarles información errónea, dijeron ambos expertos.

Añadieron que las preguntas formuladas por los funcionarios estadounidenses que entrevistan a ese tipo de agente también puede arrojar cierta luz sobre lo que la inteligencia sabe o no sabe acerca de la isla.

Cualquier cubano que entra a una embajada de Estados Unidos ofreciendo información, generalmente se entrevista primero con un funcionario del Departamento de Estado de poco rango, según los expertos. Pero si la información parece prometedora, el visitante después pasa a un funcionario de la CIA o del Departamento de Defensa.

La mayoría de los agentes cubanos ofrecen una amplia gama de información que Cuba sabe le va a interesar a la inteligencia de Estados Unidos: la capacidad de Cuba de interceptación electrónica, guerra biológica o química, quizás descontento con la jerarquía militar o lavado de dinero.

“Pero esa información generalmente tiene, como se dice a veces, ‘una milla de ancho y una pulgada de profundidad’, sin detalles significativos en ninguna categoría”, dijo uno de los expertos.

Los funcionarios militares y de la CIA, si embargo, son renuentes a rechazarlos a priori porque la información puede parecer legítima, “y allí [en las embajadas] no existe la capacidad de atrapar a la gente en mentiras”.

“Otra característica de esos agentes es que son un fuerte drenaje de recursos, conocidos como ‘pierde-tiempos’ porque la inteligencia estadounidense tiene que invertir tiempo y esfuerzo en identificar que son falsos y dejarlos que sigan”, dijo el experto.

Y todo eso a Cuba le cuesta poco, dijo. Un cubano con sólo 20 horas de capacitación puede presentar una oferta de información lo suficientemente interesante como para pasarse 100 horas hasta llegar a la conclusión de que la información es fraudulenta.

Aunque el empleo de esos visitantes inesperados por parte de Cuba se extendió durante años antes y después de los ataques terroristas de Al Qaida, las visitas ocurridas poco después de los hechos del 9/11 indignaron particularmente a los funcionarios de la administración de Bush.

“El régimen de Castro ha. . . intentado eso por lo menos una vez al mes después del 11 de septiembre, supuestamente para ofrecer información sobre ataques terroristas inminentes contra Estados Unidos u otros intereses de Occidente”, dijo Dan Fisk, subsecretario adjunto de Asuntos de las Américas del Departamento de Estado, en un discurso pronunciado en Washington el 17 de septiembre del 2002.

“Esto no es un juego inocuo”, añadió Fisk. “Es una peligrosa e injustificada acción que perjudica nuestra capacidad para evaluar peligros verdaderos. . . Y algún día podría costar vidas”.